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Durante los meses de octubre y noviembre, desarrollé las Jornadas de Formación sobre El Proceso de Socialización, dirigidas a las técnicas de educación del área de Políticas Sociales, Familia e Igualdad del Ayuntamiento de Madrid.

El objetivo principal de estas jornadas fue dar respuesta a una demanda específica: «abordar las dificultades en la resolución de conflictos». Sin embargo, este tema es solo la punta del iceberg de un contexto mucho más amplio y complejo: El proceso de socialización.

 

Para poder acompañar y gestionar un conflicto de manera adecuada, es imprescindible tener una visión completa del contexto. No podemos limitarnos a analizar un único aspecto, sino que debemos observar a lx niñx de forma integral:

  • ¿En qué momento del desarrollo se encuentra?
  • ¿Cómo es el espacio en el que pasa su día a día?
  • ¿Es un ambiente preparado y seguro?
  • ¿Tiene sus necesidades cubiertas?
  • ¿Se siente en bienestar?
  • ¿Ha tenido tiempo suficiente para comprender las normas del grupo?

Estas preguntas, y otras muchas, nos permiten reflexionar sobre las dificultades que surgen alrededor del proceso de socialización. También abordan otros retos como:

  • ¿Cómo comunicamos situaciones difíciles a las familias?
  • ¿Qué interferencias pueden surgir al comunicarnos con ellas y cómo resolverlas?
  • ¿Tenemos claras las normas entre el equipo docente y son coherentes para todxs?

Un aspecto clave de estas sesiones fue profundizar en nuestra actitud como educadoras.

  • ¿Qué posición ocupamos cuando ponemos normas y límites?
  • ¿Somos capaces de hablar con un lenguaje verdadero libre de manipulaciones o chantajes ocultos normalizados?

Para acompañar la socialización existen 3 herramientas o mecanismos de acción: Espacio, tiempo y actitud que deben estar en equilibrio. Un ambiente preparado puede perder eficacia si la rutina es desorganizada. Por el contrario, una actitud amable, comprensiva y positiva puede compensar un espacio limitado y fomentar el bienestar grupal.

El trabajo sobre la actitud implica un cambio profundo en nuestra mirada hacia la infancia, así como una revisión constante de nuestras propias prácticas. No siempre es fácil encontrar la parte aceptable de ciertos comportamientos infantiles ni dejar a un lado nuestro ego frente a los retos del día a día. Es más sencillo buscar culpables: «es unx niñx difícil», «es que es muy movidx», o incluso señalar a las familias: «es que como todavía le dan pecho…», «es que no le ponen límites…».

Nuestra responsabilidad como escuela nos obliga a asumir esos desafíos, dejando de proyectar nuestras dificultades hacia el exterior.

Acompañar respetuosamente a la infancia requiere humildad.